6 de abril de 2009

IN MEMORIAM


BOLETÍN DE LA REPÚBLICA LIBERTAD
AÑO 3 No. III
MARZO

TÚ, JOAQUINA.

Pero tú siempre estás ahí, tan libre como el león, tan firme como el sol, nunca te doblarás…
(Nunca te doblarás, Jaguares)

No me gusta mucho mirar las fotos familiares de cuando era pequeño, porque algunas me traen recuerdos un tanto amargos. Me cuesta verlas porque, de alguna u otra manera, aún cargo con ciertos fantasmas del pasado. Sin embargo confieso que hay algunas a las que miro con gusto. La primera de ellas es la que se encuentra al principio de este boletín. Era un domingo de julio, regresando de la visita a la Virgen del Carmen, acompañado de mis papas, mis abuelos y mis tíos; a finales de los 70´s, teniendo yo unos cuatro años y mi hermana siete. Después de bañarnos en la playa, nos alistamos para esperar la famosa panga que nos traería de regreso a Campeche. En cierto momento, mi tía nos dijo que nos colocáramos al lado de mi abuelita para tomarnos una foto, a lo que accedimos corriendo. Al estar listos para el flash, de un momento a otro, el tiempo cambió, empezando un aire fuertísimo de “norte”. Yo empecé a atemorizarme y recuerdo que busqué a mi mamá para tener seguridad. El viento fue en aumento, creciendo mi miedo a la par. Sin tardanza, mi mamá se acerco para estar a mi lado y no atrasar la foto. Y así, por naturaleza, extendió su mano, que instintivamente tomé sin mirar, aunque mi abuelita nos abrazara para protegernos de la fuerte ráfaga.

Mi mamá, Joaquina, nació el 19 de mayo de 1947, en la ciudad de Escárcega, Campeche. Hija de una de las fundadoras de esa ciudad, Tirza Centeno, y de un carnicero de nombre Nemencio Contreras, fue entregada para su crianza (como se acostumbraba) a sus padrinos Joaquín y Ángeles Soler (para ella Papá Joaquín y Mamá Angelita) primero en Cd. del Carmen y posteriormente en Mérida, Yucatán. En su adolescencia, con secundaria casi terminada, regresó a su ciudad natal, donde vivió con su mamá y sus hermanos Cesar, Edith, Sara, Mario, Manuel, Cristina y Margarita. Habiendo crecido en una ciudad con gran movimiento, el llegar a Escárcega resultó para ella un verdadero encierro, por lo que después de conocer a mi papá, Héctor Ordóñez Pérez, mientras trabajaba como vendedora de pasaje en la terminal de autobuses, decidió tomar su propio camino y juntos se trasladaron a Villahermosa, Tabasco. Ahí nació mi hermana Mercedes Romanita, y tres años después, ya establecidos aquí en la ciudad de Campeche, nací yo, su servidor, Héctor Joaquín. En esta ciudad, Campeche, desarrolló la otra gran parte de su vida: la de ser mamá. Esta ardua tarea la llevó a cabo sin descanso, sin demora y con firmeza; y le llevó todo el resto de su vida.

Mi mamá era, y creo explicarlo bien, una mujer de carácter fuertísimo y de muchos contrastes, todos ellos resultados de su continuo espíritu sobreprotector. Desde pequeños nos enseño siempre a ser justos (Una de las cinco cosas que rigen mi vida. Las otras cuatro son: no traicionar, no sembrar la duda, ser agradecidos y hacerme responsable de las consecuencias de mis actos), y trató por todos los medios que fuéramos felices, aún en el mundo en que vivíamos, producto de una larga historia de alcohol familiar, y que cargo genéticamente. A mi hermana y a mí nos contaba miles de historias acerca de su niñez, la etapa más feliz de su vida. Nos dibujaba cosas, corría con nosotros; y cuando crecimos, creció a mis 2 primos. Eso es equivalente a que mi madre cursó 4 veces la primaria y la secundaria. Ya “encarrerados”, siempre estuvo presente con un consejo y un abrazo cuando las cosas se ponían densas, igual que la foto al inicio. Estaba pendiente de cada uno de nuestros movimientos; más de los de mi hermana que de los míos, pues con el tiempo demostré un poco más (bastante diría yo) de independencia. Y no solo se preocupaba por nosotros, sino de toda la gente que la rodeaba: un plato de comida para el que no tenía que comer, dinero para el que recogía la basura y para el que tocaba en la calle, un poco de fruta para la señora que andaba con su hijo en brazos y medicina para el enfermo. Con decirles que aprendió a inyectar para el que no pudiera ir al medico o pagarle a alguien que lo hiciera. Guardó papeles de todo tipo a todos: hipotecas, facturas de autos, actas de nacimiento y de defunción, recetas, números telefónicos y demás. Por esa razón, fue utilizada y engañada al grado de falsificarle su firma y sus papeles, además de ser menospreciada después de ayudar en su momento. “Gajes del oficio”, dijo alguna vez y sin quejarse. Siempre estuvo atenta para dar consejo a algún novio o novia, chamaco, primo, vecino, vecina, visitante y lo que se sentara en la sala de la casa. Todo un estuche de monerías.

Como dije en un principio, la característica principal de ella fue la dureza de su carácter, por lo que continuamente un servidor y la protagonista de este boletín nos enfrascábamos en batallas casi míticas donde ninguno de los dos daba su brazo a torcer; sobre todo porque yo casi no me enojo, solo me enfurezco de vez en cuando, y con quien tiene que ser así. “Tienes un carácter tan horrible” me decía, alzando las manos al cielo, como diciendo que no se podía conmigo; “soy igual a ti” le respondía. Nunca pidió perdón, aún equivocada: solo llegaba y decía con el rostro duro “vamos a desayunar”, y se acababa la guerra. Aún después de casado, hubo una ocasión en que pasó un año y meses sin hablarnos, porque seguía resolviéndole la vida a quien la traicionó, queriendo que yo hiciera lo mismo, a lo que no me quise prestar. Cuando supo que llegaba Aurora Leticia, sin más ni más se presentó como si nada. Que le vamos a hacer, esa era su forma de respetar mis decisiones, haciendo como que no pasaba nada, pero sin expresar sentimiento alguno. Después de ese violento episodio, todo volvió a la normalidad.

Vesícula fue la palabra clave, lo que empezó a molestarla, dijeron algunos médicos, pero su geriatra ya sospechaba algo. El 27 de diciembre de 2008 me localizaron con urgencia. La operación de rutina se convirtió en exploratoria, y nos lo dijeron de la manera más humana posible: mi madre tenía cáncer de páncreas, muy avanzado y oculto, y le daban 6 meses de vida. Esa noche, sentí que el mundo se me venía encima: mi mamá se nos iba y nada podía detenerlo. Al día siguiente nos sentamos mi hermana, mi papá y yo para saber que hacer, pues nuestra vida había cambiado en cuestión de segundos. La primera decisión fue que no se lo diríamos a ella, por órdenes del geriatra: no decírselo, aunque fuera su derecho, no serviría porque lo iba a olvidar y solo le dejaría una angustia que no entendería. Lo segundo fue que guardaríamos la noticia hasta el final, hasta que ya no se pudiera ocultar, y solo lo sabría la familia más cercana, y lo tercero, lo que saliera, lo resolveríamos en el camino. Al término de casi 4 meses de la noticia, Joaquinita, la Huachita, Nanis, se fue este 3 de abril de 2009 a las 15:57 hrs.

Dicen los que saben que esto es más duro para los que se quedan que para los que se van. El 31 de diciembre fue el día que realmente me sentí totalmente abatido. No sabía que hacer, no sabía que decir, si llorar o reír, si burlarme o deprimirme: la respuesta se me dio cuando en un momento entré al cuarto, me dio un abrazo, y me dijo con una sonrisa que todo iba a estar bien. Entonces supe que no me iba a dejar caer. Día con día, a la par de ella, pasaba las horas, unas en el trabajo, otras en la casa y otras en la calle, sabiendo que no se puede dejar de caminar, de andar, de moverse, porque nada se detiene. Se requiere sacrificio, valentía y fuerza; llorar cuando nadie te vea, y reír ante todos. Y de todo esto, hay cosas de las que voy a estar siempre agradecido: la primera de ellas es que mi madre no sintió dolor alguno, cosa que los médicos no se explican, cuando la gran mayoría de los que sufren este padecimiento tienen que lidiar con ello. La segunda es la de saber. No hay nada mejor que tener conocimiento, y al mismo tiempo conciencia de lo que se avecina y de lo que íbamos a vivir. Más de uno nos reclamó por qué no dijimos lo que pasaba; no es que fuéramos los súper humanos o que teníamos una fortaleza interna superior a la de los demás, es solo que no creo que entendieran que si era difícil sobrellevar el dolor de la futura ausencia de mi mamá, tampoco queríamos tener que cargar con explicaciones y condolencias anticipadas (ya saben: “¡Como va a ser! ¿Y como fue que se dieron cuenta?”). No, no andaríamos pregonando el suplicio de mi mamá, convirtiéndonos en víctimas, gimiendo sin descanso. No, no teníamos tiempo que perder en explicaciones y si mucho que pasar con ella. No, no todos aguantan este sacrificio como deben, y si, no hay lugar para los débiles; pero que se le va a hacer, a nadie se le puede obligar beber de una copa que no quiere. Sin embargo, no puedo dejar de admirar la increíble fortaleza de mi hermana y la templanza de mi papá, valores que tienen y que eran desconocidos para mí. No cabe duda, siempre hemos sido puertos imperfectos, pero seguros donde llegar. Es la última gran lección que mi madre nos enseñó.

¿Por qué contarles todo esto? ¿Qué sentido puede tener la redacción de todo este proceso que pasamos? Porque es lo menos que puedo hacer por mi mamá en este espacio creado para decir lo que sentimos y pensamos, tratando recuperar las fuerzas perdidas en esta batalla. Si puedo escribir líneas comentando temas de interés común, también puedo escribir un libro entero sobre mis vivencias, enseñanzas y experiencias con mi mamá. Y si en estas experiencias existe una ley de la vida donde los hijos sepultan a sus padres, nadie nos enseña como sobrevivir cuando en cada suspiro por mi madre se ennegrece la realidad. Nadie te dice que hacer cuando ves su ropa y sus libros, cada sitio en el que acostumbraba estar y hacerte el fuerte para tocarlos y guardarlos mientras se te estremece el corazón. Tienes que buscar donde aferrarte porque no hay quien se enfrasque contigo en un pleito maravilloso donde no había vencedores ni vencidos, donde al fin de cuentas estaría ella para contentarte. Porque no se que hacer cuando veo a mi hija y mi sobrina, sabiendo que su abuela estará espiritualmente, pero no estará físicamente en sus cumpleaños. Escribir sobre esto tiene, quizás, el más mínimo sentido para ustedes, pero lo tengo que hacer porque el alma me lo pide, porque si no, me ahogo con cada respiración al saber que mi madre ya no está, aunque al oprimir cualquier tecla de la maldita computadora se me vaya un pedazo inmenso de mi alma.

Así, un día de esos en los que no hay fuerzas para nada, sentado en la cocina de la casa con las Chaparras, reflexionaba sobre todo lo que había pasado y en un momento dado, me tropecé con los ganchos de ropa que mi hija utiliza para jugar. Pensando en los diversos accidentes que se propician por estos descuidos, le dije a Aurora que recogiera estos en su cajita y que me los diera. Fulanita se fue corriendo al patio para no hacerlo. Al ir a buscarla y regresar, me puse con ella a levantar todo, explicándole lo referente al orden. Ella lo hizo, pero en un momento, me di cuenta que estaba apretando sus dientecitos. Al terminar, me miró de frente y extendió los puñitos hacia mí, poniéndosele la frente roja del coraje. Terminado el berrinche se dio media vuelta y levantando sus manitas al cielo se alejó balbuceando algo, parecido cuando mi madre decía que no se podía conmigo. Si, ahora me toca a mí, y con orgullo puedo decir que mi hija se parece a mí, como yo a mi madre.

Gracias a todos por su apoyo al final de este trance tan difícil para nosotros. Estaremos siempre agradecidos por su cariño incondicional

Héctor.

Debido a los últimos acontecimientos, los anexos del blog, se realizarán la próxima entrega. Gracias por su comprensión.

4 comentarios:

CHAN-COLONA dijo...

Sabes, a veces vivimos por vivir, sin conciencia plena de nuestro existir. Vaya que me has dado una gran lección con tu fortaleza, pues te recuerdo, hace unos días, con una sonrisa y tu actuar más que optimista, sin imaginar siquiera tu pesar.
Lo siento mucho.

José dijo...

Tu fuerza plasmada en este relato in memorian a tu mamá, inspira a cualquier ser humano a seguir adelante, a no caer por más dificil sea el camino. Hector, amigo, tu valor es ejemplo para muchos y en verdad, te digo algo, mientras leía cada línea mi vista se resistía a lagrimar, un fuerte saludo para ti, tu beba y tu esposa.

Atte

José May Castillo (El Zai)

Addalina dijo...

Es cierto, no se puede contigo...
El éxito y la felicidad son para los tercos...
besitos

Addalina dijo...

Es cierto, no se puede contigo...
El éxito y la felicidad son para los tercos...
besitos